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Inteligencia emocional en odontología

Inteligencia emocional en odontología: consejos prácticos

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El tema de la inteligencia emocional resolvió una cuestión que tenía a la comunidad científica “confusa”, por decirlo de alguna manera.

En muchos estudios, las personas con un coeficiente intelectual promedio obtenían mejores resultados (en un 70% de los casos) que las que tenían un coeficiente intelectual más alto.

Hasta ese momento el IQ o coeficiente intelectual era sagrado.

Era el estándar que dividía a los Einsteins de la gente “normalita”.

Y ahora resultaba que los que teníamos IQs comunes éramos capaces de resolver ciertos temas mejor que los genios del mundo.

¿Cómo era posible?

El tema les tenía perplejos.

Pero hace poco se encontró la solución al dilema con un nuevo tipo de inteligencia.

La inteligencia emocional es la capacidad que nos permite controlar nuestras emociones y expresarlas de forma asertiva.

Aunque la palabra “inteligencia” suele estar ligada a conceptos relacionados con memoria y capacidad cognitiva, la mente es mucho más amplia y desde el siglo pasado los científicos estudian otras áreas del cerebro.

Y así es como actuamos hasta el día de hoy: primero sentimos algo y luego razonamos al respecto. 

Primero nos duele un dedo y luego nos damos cuenta de que nos lo hemos pillado con la puerta.

En una sociedad donde el raciocinio parece dominar cada vez más sobre las emociones, es básico tener en cuenta la importancia de la inteligencia emocional, que juega un papel más primordial incluso que el cerebro racional.

Sin embargo, en los sistemas educativos rara vez se le da prioridad a la educación emocional.

No estamos educados para observar lo que sentimos y, por lo tanto, no sabemos cómo actuar ante nuestros sentimientos de forma efectiva.

“Es muy importante entender que la Inteligencia Emocional no es lo opuesto a la inteligencia, no es el triunfo del corazón sobre la cabeza, es la intersección de ambas” David Caruso

 

La Inteligencia Emocional

Así que, por fin, se descubrió “algo” un poco intangible que explicaba las capacidades (inexplicables) de unos y de otros.

La Inteligencia Emocional es aquello que nos ayuda a gestionar nuestro comportamiento, a navegar por las complejidades sociales, y a tomar decisiones personales que nos permiten alcanzar resultados positivos.

Se compone de cuatro habilidades básicas, y éstas se emparejan en dos ámbitos principales: el personal y el social.

 

Ámbito personal.

Aquí tenemos tu conocimiento propio y tus habilidades de autogestión.

What?

Sí, tu capacidad para mantenerte al tanto de tus emociones, y controlar tu comportamiento y tendencias.

  • Conocimiento propio (o autoconocimiento): tu capacidad para percibir con precisión tus emociones y mantenerte al tanto a medida que las vas desarrollando.
  • Autogestión (o autocontrol): tu capacidad de utilizar ese conocimiento que tienes sobre tus emociones para mantenerte flexible y dirigir tu comportamiento de manera positiva.

 

Ámbito social.

Aquí tenemos la percepción que tú tienes de tus habilidades sociales y tu manera de gestionar tus relaciones.

El ámbito social incluye también tu capacidad para identificar y comprender el estado de ánimo de otras personas, su comportamiento y sus motivaciones, con el fin de responder con eficacia y mejorar la calidad de tus relaciones.

Imagínate lo útil que esto es para ti como líder de tu equipo y a la hora de comunicarte con tus pacientes.

  • Tu Conciencia Social (o empatía): es tu capacidad para captar con precisión las emociones de los demás y entender lo que les pasa por la cabeza para actuar en consecuencia.
  • Gestión de relaciones: tu habilidad para utilizar ese conocimiento de tus emociones propias y las de los demás para interactuar con éxito.

Ok. Veo que nos estamos liando con tanta conciencia, relación y comportamiento.

Aclaremos las cosas.

 

La Inteligencia Emocional y tu Inteligencia no son lo mismo

La IE hace uso de un elemento fundamental de la conducta humana que no tiene nada que ver con tu intelecto.

Pero eso ya lo sabemos.

Y queda bien claro que no hay conexión ninguna entre el CI (cociente intelectual) y la IE (inteligencia emocional).

Es decir, que no se puede predecir tu IE en base a lo inteligente que eres.

Tu inteligencia es la capacidad que tienes para aprender, y es la misma a los 15 años que a los 40.

La Inteligencia Emocional, por el contrario, es un conjunto de habilidades variables y moldeables que se pueden adquirir y mejorar con la práctica.

Y aunque algunas personas tengan una tendencia innata a ser emocionalmente más inteligentes que otras, es posible desarrollar altos niveles de IE, aunque no hayamos nacido con ella.

Eso es una excelente noticia.

 

La Inteligencia Emocional y tu Personalidad no son lo mismo

La personalidad es la última pieza de este rompecabezas.

La personalidad es tu “estilo”.

Un estilo que no cambia con el tiempo.

Tenemos la personalidad que tenemos.

Tenemos una tendencia a la introversión o a la extroversión.

Y, como el coeficiente intelectual, la personalidad no se puede utilizar para predecir la inteligencia emocional.

Juntas, tu personalidad, tu coeficiente intelectual y tu IE nos ayudan a entender lo que te motiva, y cómo funcionas.

 

La Inteligencia Emocional predice tu Rendimiento Profesional

¿La IE tiene algún tipo de impacto en tu éxito profesional?

Pues sí, y mucho.

Y que conste que no me lo invento.

Nos lo demuestran muchos estudios.

La empresa TalentSmart, por ejemplo, puso a prueba 33 habilidades importantes que se usan en la mayoría de puestos de trabajo.

La IE era una de ellas.

El resultado de su análisis confirma que, entre todas esas habilidades, la IE contribuye el 58% al éxito en cualquier tipo de trabajo.

Y que el 90% de las personas que tenían un alto rendimiento, también presentaban un nivel de IE muy alto.

Mientras que sólo el 20% de los que no destacaban por su trabajo, tenían una IE elevada.

Lo que realmente sorprende es que todos estos coeficientes acaban por traducirse en $$$.

Fíjate:

Las personas con un alto grado de inteligencia emocional ganan mucho más dinero, un promedio de 25.000€ más por año, que las que tienen un grado bajo.

El vínculo entre la IE y las ganancias es tan estrecho que por cada punto que vayamos subiendo en la escala de la IE, sumamos unos 1.200€ al salario anual. Cifra que es aplicable a todo tipo de sectores, niveles, y países del mundo.

Todavía no se ha encontrado un trabajo en el que el rendimiento y los ingresos no estén estrechamente vinculados a la IE.

Increíble, ¿verdad?

 

Inteligencia Emocional del Odontólogo

El psicólogo Daniel Kahneman, Premio Nobel en Ciencias Económicas, confirma con sus estudios que la gente prefiere hacer negocios con una persona que les da “buenas vibraciones” y confianza, que con alguien que no se las da, incluso si esa persona les está ofreciendo un mejor producto a un precio inferior.

¿Estás de acuerdo?

Piensa en la última vez que compraste algo de valor como un piso, un coche o un laptop de Apple.

  • ¿Cómo era el vendedor?
  • ¿Te causó buena impresión?
  • ¿Te generó confianza inmediatamente?

La mayoría de la gente responde que sí a esta pregunta.

Y es que la ciencia ha demostrado que los vendedores con habilidades para relacionarse con sus clientes potenciales siempre obtienen mejores resultados que los que carecen de ellas.

Así que, tú que te lanzas al mundo empresarial en odontología, con un entorno tan competitivo como el actual, no puedes dejar de lado tu IE.

Necesitas trabajar tu inteligencia emocional para sentirte mejor en tu día a día, para comunicarte con éxito con tu círculo social y profesional y, sobre todo, para que tenga el éxito que te mereces como odontólogo y como empresario.

 

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Cómo desarrollar la Inteligencia Emocional en Odontología

La comunicación entre tus “cerebros” (el emocional y el racional) es el origen físico de la inteligencia emocional.

¿Cómo funciona?

Todo empieza cuando tus sentidos primarios establecen una conexión con la parte frontal de tu cerebro para pensar racionalmente acerca de la experiencia que están viviendo.

Sin embargo, antes de que esto suceda, van a pasar por tu sistema límbico, el lugar donde se generan las emociones.

Así pues, tenemos una reacción emocional a los acontecimientos que vivimos, antes de que nuestra mente racional tenga la oportunidad de participar.

Y para que exista un nivel alto de Inteligencia Emocional, debe existir una comunicación efectiva entre los centros racionales y emocionales del cerebro.

Comunicación que, como comentaba, se puede fomentar.

Te explico.

Necesitamos jugar con la plasticidad de nuestro cerebro.

Es decir, su capacidad para cambiar.

A medida que vamos descubriendo y practicando nuevas habilidades de IE, los miles de millones de neuronas que forman el camino entre los centros racionales y emocionales de tu cerebro crean pequeñas “ramas” para alcanzar las otras células.

Una sola célula puede llegar a crear 15.000 conexiones con sus células vecinas.

Cuantas más conexiones desarrolles, más fácil va a ser desarrollar una nueva habilidad o comportamiento en el futuro.

Y en breve, y sin apenas darte cuenta, vas a responder a tu entorno con esa nueva capacidad que tú y tus neuronas habéis desarrollado.

¿Y qué le sucede a tu comportamiento antiguo?

Fuera.

Descartado.

Estas 10 acciones concretas te ayudarán a desarrollar tu Inteligencia Emocional (sin importar tu edad).

 

1. Trabaja tu empatía.

Estamos programados para juzgar a los demás.

No lo hagas.

Repite este mantra siempre que caigas en la tentación de ponerle una etiqueta a alguien: “No voy a juzgar su camino porque no he andado con sus zapatos”.

Desarrolla tu capacidad de ponerte en el lugar del otro y ser capaz de sentir lo que el otro está sintiendo.

 

2. Conócete mejor.

Esa es la base de todo.

  • ¿Cómo reaccionas ante ciertas situaciones?
  • ¿Qué es lo que te hace sentir mejor?
  • ¿Qué es lo que no soportas de ti mismo?
  • ¿Y de los demás?
  • ¿Qué te motiva?
  • ¿Qué te hunde?

Te animo a crear una lista en Google Drive de todo lo que te gusta, lo que te apasiona, y lo que no toleras.

Es una forma extraordinaria de conocerse mejor y ser más empático con los demás.

“Plásmate” en papel virtual o real.

Describe emociones, sentimientos, pensamientos, etc. frente a las distintas situaciones que protagonizas en tu día a día.

Esto te hará ser más consciente de cómo eres y cómo actúas, lo que te dará la llave para gestionar y manejar todo lo que no suponga un beneficio para ti.

 

3. Entrena tus “destrezas sociales”.

Ser emocionalmente inteligente significa reconocer las emociones de los demás e intentar que esa relación sea beneficiosa y productiva para las dos partes.

Ser emocionalmente inteligente significa pasar diez minutos más con ese miembro de tu equipo al que le supera el nuevo programa de gestión de clínica que habéis instalado y se siente ineficaz.

Ser emocionalmente inteligente significa buscar el bienestar de los demás tanto como el tuyo.


4. Gestiona tus impulsos.

¡Ay! ¡Esos impulsos! ¿A que te llevan por el camino de la amargura?

A mí, a veces, también.

Pero hay que aprender a dominarlos.

Porque la persona emocionalmente inteligente piensa antes de actuar.

Necesitas autorregularte emocionalmente.

No puedes dejar que las emociones te arrastren.

Sí, desahógate todo lo que quieras en casa, pero ¡no dejes que te gobiernen esas emociones en la clínica!

 

5. Potencia tu motivación.

Que no te engañen.

Cuanto más grande sea tu esfuerzo, mayor será la recompensa.

No hay atajos.

Lo que cuenta es que estés motivado para llegar a tu meta.

Una persona emocionalmente inteligente invierte toda su fuerza de voluntad y se mantiene motivada incluso en los momentos más difíciles.

No deja de intentarlo nunca.

 

6. Trabaja tus niveles de felicidad.

Y aquí hay que hacer un matiz importante.

No (siempre) por tener más vas a ser más feliz.

Pero sí que vas a serlo dando más.

Cuanto más bienestar, alegría, energía y good vibrations transmitas a los demás, mejor te vas a sentir en tu vida personal y profesional.

Y el día que hayas conseguido tus metas, no olvides que dando y compartiendo es como realmente se siente uno feliz.

 

7. Amplia tu vocabulario (emocional).

Sólo hay cuatro emociones básicas a partir de las cuales se crean todas las demás:

  • Alegría.
  • Tristeza.
  • Enfado.
  • Miedo

Aunque algunos autores añaden sorpresa y angustia.

Cuando intentes reconocer tus emociones no te quedes sólo con ellas. No basta con decir “He identificado mi emoción y es el enfado”.

No.

Debes ser lo más específico posible.

Los nombres que pongas a tus emociones te ayudarán a entender cómo te estás sintiendo y por qué.

No digas “Estoy enfadado” si las palabras que mejor describirían tu estado emocional serían decepcionado, frustrado, traicionado, rabioso o herido.

Sé concreto.

Tener un vocabulario rico con el que describir exactamente tus sentimientos es muy importante.

No dominar el lenguaje limita el conocimiento de lo que estás experimentando, creando la sensación de que no sabes lo que te pasa.

Puedes comenzar con este libro escrito para niños: el emocionario. Un diccionario de emociones extremadamente útil para niños y adultos.

 

8. No te juzgues.

Las emociones tienen una única función: darte información sobre lo que está ocurriendo.

Si pudieras reprimirlas estarías a ciegas y no sabrías cómo reaccionar.

¿Te imaginas? Seria tremendo.

Las emociones negativas te previenen. No luches contra ellas.

Debes entenderlas y obtener toda la información posible para enfrentarte al reto del que te están alertando.

  • El miedo te avisa de que no tienes recursos para abordar lo que está sucediendo. Refleja una desproporción entre la situación y los recursos con los que cuentas.
  • El enfado lo sientes cuando vulneran tus derechos o necesidades. Te empuja hacia el ataque o la defensa para hacerte respetar.
  • La tristeza te indica la pérdida de algo valioso para ti y te prepara para superar esa ausencia.
  • La alegría aparece cuando algo te resulta agradable y te motiva a experimentarla de nuevo con conductas que vuelvan a generarla.

Tus emociones no son algo “bueno” o “malo”, sino una extraordinaria fuente de información que te ayudará a ser más consciente de ti mismo.

 

9. Controla lo que piensas para controlar cómo te comportas.

Muchas personas se excusan diciendo que determinados momentos “pierden el control” y no son dueños de sus actos. Pero sólo tienen razón en parte.

Los sentimientos son el resultado de la emoción y de lo que piensas sobre esa emoción.

No puedes evitar la emoción, pero sí puedes modificar tus pensamientos al respecto.

La próxima vez que sientas una emoción, presta atención porque significa que en breve te va a invadir un pensamiento. Decide entonces qué pensamiento quieres tener y cómo deseas comportarte.

Y si todo falla, existen algunas otras técnicas de emergencia que pueden ayudarte:

  • Si estás muy nervioso o ansioso, refréscate la cara con agua muy fría e intenta que te dé el aire. Se ha comprobado que el frío puede reducir la ansiedad.
  • Evita las bebidas con cafeína. Los estudios evidencian que incrementan tu nerviosismo y niveles de ansiedad.
  • Duerme lo necesario. Cuando duermes, generas endorfinas y reduces los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Por eso cuando no has dormido bien estás más irritable.

 

10. Lleva un diario emocional (el efecto Bridget Jones).

Otra forma muy práctica y eficaz para mejorar tu inteligencia emocional es apuntar en una libreta tus sentimientos diarios.

Los escáneres cerebrales han demostrado que escribir tus emociones en una libreta reduce la actividad de la amígdala, responsable de la intensidad emocional.

Este beneficio fue especialmente evidente en el género masculino, y todavía más cuando fueron escritas a mano en lugar de tecleadas en un ordenador.

 

10+1. Expresa tus emociones de forma asertiva.

Una vez sabes identificar y poner nombre a tus emociones, el siguiente paso es aprender a expresarlas sin efectos adversos mediante la asertividad.

La fórmula general es “Me siento X (emoción) cuando haces Y (conducta) en la situación Z”, teniendo en cuenta lo siguiente:

  • Define concretamente la emoción X (controlado, asustado, entusiasmado…)
  • Expresa tu emoción en primera persona.
  • Comunica la conducta que te provoca esa emoción, no las intenciones (no juzgues).
  • Termina expresando lo que necesitas.
  • Evita usar frases que empiecen por “Tú” y continúen con un juicio o acusación.

Vamos a verlo con un ejemplo.

En este caso con un mensaje que tú podrías recibir por parte de tu recepcionista o de tu higienista.

“Me siento poco valorado porque llevo 5 años sin aumento de sueldo en la clínica a pesar de toda mi dedicación”.

¿Conclusiones?

Las emociones son parte de nuestra naturaleza como seres humanos.

Según Daniel Goleman “las emociones guían todo lo que hacemos” y están presentes en toda interacción que realizamos.

Las personas con alta Inteligencia Emocional son capaces de identificar e influir en las emociones, propias o ajenas.

En la clínica, un buen nivel de inteligencia emocional (o habilidades blandas) ayudan a que tus días sean más productivos y agradables. Ya sea con tus socios, colaboradores, personal, proveedores o pacientes…

¿Y tú? ¿Tienes en cuenta tu Inteligencia Emocional en tu vida profesional? ¿Personal?

Te leo en los comentarios.

 

 
Ros Megías

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